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La mujer… un mundo de emociones - por José Antonio Sande


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Me llamo José Antonio Sande y hace muchos años, casi veinte, que mi vida está ligada a la Terapia Floral. Primero como paciente, luego como autodidacta, más tarde como estudiante y hace años ya como terapeuta, escritor y divulgador. En todos estos años he tratado y formado a muchas personas y ¿sabéis una cosa?... la Terapia Floral es un mundo de mujeres.

En los cursos, en las consultas, en los congresos, llevo años haciendo cuentas: más del setenta por ciento son mujeres. ¿Por qué?, porque la Terapia Floral trabaja de manera eficaz y prioritaria sobre el plano emocional de las personas, es una terapia “muy emocional”, y las mujeres son “un mundo de emociones”.

¿Qué son las emociones en realidad? Las vivimos, las disfrutamos o las sufrimos, nos impulsan a tomar decisiones o dejar de tomarlas, nos hacen acertar o equivocarnos, pero… ¿sabemos lo que son?, ¿sabemos por qué, para qué y cómo influyen en nuestra vida? Intentaré en este escrito explicar un poco el mundo emocional femenino y cómo éste le merma libertad a aquella mujer que no es capaz de gestionar sus emociones de manera sana y constructiva.

Un breve apunte sobre el origen de las emociones. Estas son el resultado de una combinación de creencias, ideas, instintos, aprendizajes, etc. todo ello mezclado con hormonas y aderezado con diferentes tipos de sustancias químicas producidas, sobre todo, en el cerebro.

Una vez mencionado el aspecto neuroquímico de las emociones (quizás en otro artículo se pueda profundizar sobre ello), vamos a pasar a aquello que realmente podemos ver en el día a día, en las vidas de las mujeres que intentan vivir la vida sacándole partido pero que, a menudo sin darse cuenta, se ven influidas de manera limitante por su propio mundo emocional.

En mi trabajo como terapeuta floral y emocional las emociones se conceptualizan como “estructuras emocionales”, la emoción en sí es un espectro y un proceso en el que se puede estar en la parte limitante o en la parte potenciada, y dentro del marco de la Terapia Floral consideramos 38 estructuras emocionales, que multiplicadas por su lado limitante y su lado potenciado, dan lugar a 76 aspectos emocionales a considerar, eso sin entrar en cuestiones de grados en cada emoción. Imaginaos la cantidad de información que sobre el mundo emocional de una mujer se puede tener valorando 76 aspectos que, además, no aparecen de manera única e individual, sino que se muestran como sistemas de relaciones de emociones. Por ejemplo, la culpabilidad suele estar asociada a la necesidad de ser aceptada, sometimiento a la opinión de los demás, exceso de autoexigencia, autoestima baja… y así podríamos estar hablando de muchas emociones conectadas unas con otras que crean una red enmarañada y, a menudo, inconsciente, que limita la vida de la mujer en diferentes aspectos de su día a día.

Da lo mismo que la mujer sea una alta ejecutiva que una limpiadora, una zapatera o una enfermera, del mundo emocional no se libra nadie, ni siquiera aquellas mujeres que creen haber inhibido su mundo emocional y que no son afectadas por él, en realidad no se dan cuenta de que, en el plano inconsciente, todo este mundo sigue activo e influyente.

Voy a poneros algunos ejemplos que servirán para ilustrar lo que os cuento. Todos ellos son casos reales de mujeres que he tratado en mi consulta de Terapia Floral en Almería o en Granada.

Imaginaos a una mujer de unos cuarenta años, con una presencia física muy cuidada, tanto en lo referente a su cuerpo como a la ropa y los complementos. Llega a consulta con un problema relacionado con sus dos hijos, de siete y nueve años, porque dice que no puede con ellos, que no le hacen caso, pero… ¿quién tiene el problema?, ¿los niños o la madre? Ya el lenguaje corporal, la presencia física y determinadas palabras y actitudes van dando información de la problemática que esta mujer vive. Apartamos por el momento el tema de los hijos y hablamos de ella. En estos momentos está separada de un hombre que no la trataba bien en el sentido de que la desvalorizaba y vivía sin compromiso respecto a la familia, con lo que ella se cargaba con todo el trabajo familiar y doméstico. Incluso después de la separación la relación no es buena porque él la presiona y trata de fastidiarla a través de los hijos y la parte económica, y ella no sabe ponerle límites.

Hablemos ahora de la relación con sus padres. En la actualidad la relación más significativa es con su madre, con la que habla cada día por teléfono dos veces, una por la mañana y otra por la noche. También habla cada noche con su hermana. Aunque esta mujer no trabaja la madre le prepara la comida cada día y ella se la lleva a su casa. Los hijos llegan a media tarde del colegio. Por las mañanas esta mujer no tiene una dedicación aparte de la casa y hacer deporte. En cuanto a las relaciones con los hombres ella misma manifiesta cierta tendencia a atraer a un tipo de hombre concreto: hombres con actitudes posesivas y con otros rasgos muy característicos que inicialmente se presentan como “príncipes azules” que la van a tratar bien, que la tendrán “como una reina” y todo este tipo de argumentos con los que ella fantasea. Pero ¿por qué se los cree? Porque ella es “la princesa que cree en los cuentos de hadas”, una mujer que sigue creyendo que el príncipe azul existe porque fue educada en que el hombre tiene que mantenerla y, en cierto modo, protegerla y salvarla de todos los peligros. Por eso su madre no le dejó estudiar y trató de mantenerla cerca de ella permanentemente, desvalorizando sus intenciones de estudiar e independizarse. Claro que la madre tampoco es que sea “culpable”, ella hizo lo que su plano emocional inconsciente le dictaba, sin darse cuenta del perjuicio que estaba causando..

En la actualidad esta mujer es emocionalmente dependiente de la madre, inmadura, incapaz de poner límites a los demás, fundamenta su autoestima en la imagen física, etc. etc. etc. Podría seguir contándoos en profundidad el caso o contaros otros de otra índole. Ahora bien, alguna de vosotras puede pensar “eso no me pasaría a mí”, “a mí no me somete nadie”. Sí, puede ser, pero… ¿no serás tu la que va sometiendo a los demás?, y si es así ¿quizás esa fuerza nace de una rebelión permanente?, entonces no estás viviendo en “acción” sino en “reacción” y eso no es vivir y decidir libremente sino que se trata de una continua reacción, sea contra los hombres, contra el sistema, contra el padre o contra lo que sea.

Cultural o socialmente las emociones son diferenciadas en buenas y malas, correctas e incorrectas, positivas y negativas. Pues no, las emociones no son buenas o malas, son….emociones. Todas ellas forman parte de la mujer (y del hombre) y están ahí para ser vividas, para aprender con y de ellas, para darle colores, matices e intensidad a la vida. Ahora bien, si tenemos una caja con treinta y ocho pinturas de colores y solo pintamos con la gama de los verdes, o todo lo coloreamos de rojo, entonces los demás colores quedarán sin utilizar. ¿Es acaso malo pintarlo todo de rojo?, ¿o de negro? El planteamiento sobre el plano emocional es: ¿por qué solo utilizo unas emociones y no otras?, ¿por qué tiendo a pintarlo todo de desconfianza, o de culpabilidad o de competitividad?

Desde el punto de vista aquí planteado podemos considerar las emociones como cualidades. Las cualidades en sí mismas no son buenas o malas, si no que depende del momento, la forma y el grado en que son vividas y/o manifestadas. Así, una “cualidad emocional” puede ser vivida en su justo grado de equilibrio o fuera de él. Si es vivida en equilibrio lleva a la mujer, en ese aspecto emocional de su vida, a una serenidad y armonía, a una salud emocional respecto a esa emoción. Pero si es vivida fuera del grado armónico entonces vivirá en exceso o carencia de esa cualidad emocional concreta. Al pasarse o no llegar en el espectro de la emoción, ese aspecto desequilibrado se pondrá de manifiesto tarde o temprano, y la mujer perderá la armonía en ese aspecto emocional, es decir, vivirá “sin equilibrio”, que es lo mismo que decir “sin firmeza” en esa emoción “Sin firmeza”, en latín, se traduce por “in firmus”, y ¿sabéis qué palabra deriva en español de la expresión “in firmus”, exactamente, “enfermo”. Como veis la palabra “enfermo” no significa etimológicamente otra cosa que “sin equilibrio”. ¡Qué casualidad!

Cualquier emoción que sea vivida fuera de su punto de equilibrio crea una desarmonía pero… ¿cual es ese punto?, ¿quién decide dónde se sitúa? La única persona que puede decidirlo es la misma que lo vive. La mujer, a través de la autoobservación, el autoconocimiento y el desarrollo de su conciencia sobre su mundo emocional y mental, ha de ser capaz de determinar en qué grado y forma ha de mantener cada emoción para mantenerse equilibrada. Esto es un aprendizaje, igual que se puede comer más sanamente o menos o que se sabe como combinar los colores, las prendas y los complementos para que la imagen sea más armoniosa y atractiva.

Algunas mujeres me comentan que estar atentas a su mundo emocional y mental de manera permanente es difícil y cansado, yo les respondo que seguramente dedican más tiempo a cuidar su imagen externa o a maquillarse que el que necesitarían para desarrollar la conciencia sobre su mundo emocional y aprender a mantenerlo lo más equilibrado posible. ¿Por qué somos capaces de ir al gimnasio dos o tres veces a la semana para cuidar nuestro cuerpo y no hacemos lo mismo con nuestras emociones?, hoy en día hay profesionales y centros dedicados a enseñar a trabajar con el mundo emocional, no es solamente una cuestión de ignorancia, a veces es por comodidad, otras veces es por no mirar de frente a la propia vida, es decir, por cobardía, otras por carencia de tiempo, que luego se pierde viendo la televisión o en otras actividades de las que se puede prescindir sin perjuicio. Es una cuestión de elección y de priorizar.

Como ya señalé, en la Terapia Floral se consideran 38 estructuras emocionales, 38 espectros de cada emoción que van desde el grado más limitante al grado más potenciado, y entre ambos grados se sitúa ese “punto justo” al que antes aludía. Se suele decir “en el punto medio está la virtud”, en el caso del plano emocional no comparto esta afirmación. La virtud en la emoción es diferente en cada mujer, ya que sus circunstancias externas, su necesidad en un momento concreto y el punto en el que se encuentra en su proceso evolutivo son diferentes al de las demás mujeres. Por ejemplo, una emoción mal vista como puede ser la ira cumple una función en cada persona, es una herramienta que tiene un fin en la vida de los seres humanos. Una mujer que es maestra de educación infantil hallará el punto justo de su ira en un grado diferente que una mujer soldado en una misión de guerra. Si la maestra de infantil mantiene su ira en un grado excesivamente elevado, aunque la reprima y no la exprese (que es peor), estará viviendo un desequilibrio interior que tarde o temprano le afectará. En el caso de la mujer soldado, si su ira no puede pasar de un grado mínimo de intensidad, sea por educación o por bloqueo, entonces en el momento en el que necesite esa emoción en grado muy elevado puede no ser capaz de encontrar ese punto justo según su circunstancia. No hay emociones buenas y malas, hay emociones que nos sirven para experimentar, matizar, comprender y vivir, lo que se trata es de aprender a gestionarlas y a sacarles el mayor partido posible y, repito, esto es una cuestión de autoconocimiento, entrenamiento y gestión.

En Terapia Floral las 38 estructuras emocionales se organizan en 7 grupos. De manera simplificada son los siguientes: Miedo, Incertidumbre, Falta de interés por el presente, Soledad, Vulnerabilidad, Abatimiento y Poder. Aun cuando todas las estructuras están presentes en cada mujer (y en cada hombre, aunque a veces no lo parezca), algunas de esas estructuras son vividas de manera equilibrada y armoniosa y otras, por el contrario, se presentan desarmonizadas. ¿De qué depende esto? Son varios los factores: educación familiar, educación en la escuela, medios de comunicación, experiencias vitales, autoaprendizajes… nadie está libre ni de emociones armónicas ni de emociones desarmónicas. Lo que sucede a menudo es que una mujer puede haber “normalizado” una emoción desarmonizada porque es lo único que ha conocido en su vida. Por ejemplo, una niña nace en una familia donde la tendencia de las mujeres es el sufrimiento, “mujeres sufridoras” que penan por los familiares, por los vecinos, por los padres… mujeres que, sin darse cuenta, han convertido el sufrimiento en un valor de su escala de valores y viven permanentemente preocupadas por todos, por lo que pasa y por lo que no pasa, por lo que puede pasar y por lo que nunca pasará. Si esta niña vive en ese entorno con una madre, una tía y una abuela sufridoras, los primeros años de su vida esta actitud, de la cual ella no es consciente, será un campo de información permanente del que puede aprender y normalizar la actitud, porque no ha conocido otra cosa. Lo incorpora a nivel mental y emocional como “lo normal” y sigue creciendo y avanzando por la vida con ese patrón emocional. Es muy posible (así se corrobora en las consultas y los cursos) que esta niña repita, inconscientemente, el patrón del sufrimiento y que lo viva como “lo que tiene que ser” o “lo que es lo correcto”, “porque si no sufro por los míos no soy una buena madre o una buena esposa o una buena mujer o una buena persona”. Incluso puede que, si una amiga suya no reproduce el mismo patrón, puede no entender cómo ella es capaz de no sufrir por sus hijos y de no estar permanentemente preocupada, porque “una madre que quiere a sus hijos sufre por ellos” o “una mujer que cuida de su familia sufre por ella, si no es así no es buena mujer”.

Hay muchos patrones emocionales que se reproducen de manera inconsciente y normalizada, unos son armonizadores y otros no, unos permiten avanzar por la vida con mayor libertad y otros limitan esa libertad. Voy a comentar, a través de otro caso real, algunos patrones desarmónicas de estructuras emocionales concretas que suelen afectar a muchas mujeres y que, aunque ellas piensan que la vida es así o que ésta es la manera adecuada de sentir, no se dan cuenta de que son barreras que no les permiten avanzar por la vida libres y sin miedo.

En principio ninguna mujer viene a consulta diciendo: "
mira José Antonio vengo a tu consulta porque vivo en un sentimiento de culpabilidad permanente (o cualquier otra emoción) que me limita y quiero que me ayudes a cambiarlo". Si fuese así de sencillo… Una mujer llega a consulta, generalmente, cuando está al límite de lo que puede soportar, y hay que dar gracias si llega antes de haber recurrido a las pastillas. Muchas mujeres soportan grandes sufrimientos emocionales porque creen o sienten que “tienen que ser capaces de soportarlo todo o de poder con todo”, y cuando se rompen es cuando no tienen otro remedio que acudir a un profesional. Como decía, llega a consulta y el comentario es más o menos así: “no sé lo que me pasa pero me encuentro muy mal, casi no puedo aguantar el día a día y me encuentro triste, sin ganas de hacer nada. Antes podía con todo y ahora no puedo hacer ni la mitad, y encima me siento fatal por ello”. Como podéis imaginar este estado no se debe únicamente a una emoción desequilibrada, lo habitual es que sean varias emociones las que no estén equilibradas. Preguntada la mujer sobre su mundo emocional puede no saber poner nombre a las emociones que está viviendo, o confundir unas con otras, por lo que su gestión no puede ser bien realizada, ¿cómo se va a gestionar aquello que no se conoce?, pero claro, como una mujer tiene que poder con todo…

Veamos un ejemplo muy común. A ver lo que nos cuenta la mujer que vino a consulta.

Mujer -
“Yo antes podía llevar la casa y el trabajo sin ningún problema. Mi marido es un poco dejado y las cosas de la casa las hago yo, porque él la verdad que es un desastre y me lo deja todo hecho un asco y luego tengo que ir yo detrás arreglando. Además, desde que nacieron los mellizos es que no tengo ni un momento libre. Ya tienen seis años pero como no puedo separarme de ellos…, pues claro, los tengo todo el día pegados y me da pena dejarlos con la canguro porque se quedan llorando. En el trabajo siempre me tengo que quedar más tiempo porque me cargo de tareas extra; muchas veces alguien me pide el favor de que acabe un informe y no soy capaz de decirle que no, y es que no hay manera de que acabe a mi hora y luego, encima, me llevo trabajo para casa. Cuando llego tengo que preparar la comida y la vecina me trae a los niños del colegio y cuando llega mi marido me ayuda, pero luego por la tarde, cuando no trabaja, se va a hacer deporte y yo me quedo con los peques y los llevo al parque, juego con ellos o visitamos a sus abuelos. Por la noche duchas... cenas…preparar las cosas para mañana, la ropa de mi marido…, la de los niños…, dejarlo todo recogido y trabajar un poco antes de irme a la cama. No tengo tiempo ni de ver un poco la televisión. Mi marido acuesta a los niños, ve un poco la tele o lee y se acuesta, yo todavía me quedo casi una hora más, hasta que me bailan las palabras del informe que estoy revisando y entonces ya me voy a la cama.”

Terapeuta -
“¿Y cuánto tiempo hace que vives con este nivel de actividad?”

Mujer -
“Pues… desde que nacieron los niños.”

Terapeuta -
“¿Y dices que no sabes por qué te sientes mal?”

Mujer -
“Pues la verdad es que no.”

Unas veces es verdad que no son capaces de verlo, otras lo que ocurre es que prefieren no verlo, porque si lo ven no podrían soportar lo que están viviendo.

Exceso de responsabilidades, incapacidad para poner límites a los demás, sentimiento de culpabilidad, inadecuada gestión de los tiempos de descanso, sometimiento al machismo (sutil o no, de ella misma o de él), cesión al chantaje emocional de los niños, sentimiento o creencia de que ella tiene que poder con todo, agotamiento, vida rutinaria… y a pesar de todo esto no es consciente de por qué se encuentra en esa situación anímica – emocional – energética – mental.

Este caso es solo una pequeña muestra de cómo una mujer que no se hace consciente de las creencias y modelos emocionales en los que vive, puede ir mermando la capacidad de disfrutar de la vida, encerrándose en una dinámica vital que, poco a poco, la llevará a perder el equilibrio. Y, aún haciéndose consciente de ello, es posible que no lo pueda evitar porque los patrones emocionales y de creencias que fundamentan su plano emocional están tan arraigados a base de repetirlos durante años que le resulte imposible librarse de ellos. Si lo intenta sin las herramientas adecuadas puede que el miedo al fracaso, el miedo a la soledad, el sentimiento de culpabilidad u otros patrones la hagan sentir tan mal que prefiera seguir sufriendo el resto de su vida que pasar por el dolor de romper esos patrones con los que ha vivido durante gran parte o toda su vida. A menudo, en la vida, hay que elegir entre el dolor y el sufrimiento y, desgraciadamente, a la mujer la han convencido de que la mejor opción es el sufrimiento. Os diré una cosa, el dolor enseña y libera, el sufrimiento mantiene en la ignorancia y esclaviza.

No se puede explicar en un corto artículo la cantidad de patrones emocionales, creencias y códigos que una mujer vive y de los que no es consciente. Incluso en consulta, a veces, se hace difícil que la mujer observe su vida de manera objetiva y contemple la cantidad de aspectos desequilibrados en los que puede estar viviendo. Aún así, cuando se hacen conscientes llegan los “peros”. “Pero es que no puedo hacer otra cosa”, “pero es que las cosas son así”, “pero es que mi marido no me ayudaría nunca”, “pero es que si no lo hago yo no lo hace nadie”, “pero…” Y así un pero para cada decisión, para cada cambio, para cada posibilidad de mejorar. Por eso, el trabajo interior de cada mujer para mejorar su vida ha de pasar por un compromiso personal de cambiar su mundo interior, su escala de valores emocionales, sus creencias respecto a las relaciones y la vida. Cuando el sistema está montado de manera que la mujer es la víctima, la sirvienta o la esclava, la mujer no puede esperar a que el sistema se dé cuenta de lo que está sucediendo (“si me quiere se dará cuenta”), es responsabilidad de ella cambiar en su fuero interno para que el sistema cambie. Y si por ignorancia, miedo, pereza, conveniencia, comodidad, pena, culpabilidad o cualquier otra emoción mal entendida, cada mujer se permite a sí misma seguir sufriendo, la responsabilidad de lo que sucede y del ejemplo que le esté dando a sus hijas e hijos es suya, no únicamente del sistema. El sistema cambia cuando la conciencia de aquellos que lo componen cambia. Basta con que una pequeña parte del sistema cambie para crear suficiente masa crítica que cambie al resto del sistema, sea porque evoluciona o porque se desbarata. El autoconocimiento y la toma de conciencia del gran poder emocional y mental que las mujeres poseen es una de las herramientas más poderosas para lograr ese cambio de conciencia, primero a nivel individual, luego en la sociedad. En palabras del gran maestro Gandhi: “Sé el cambio que quieras ver en el mundo”.


José Antonio Sande
Terapeuta floral