Tant'amare

Revista de terapias naturales, desarrollo personal, ecología...

Caperucita y la madre que la parió - por Marina Rodríguez

(ESCENA 1: LA CASA DE CAPERUCITA)

Una vez Caperucita estaba en su casa y su madre la envió, como de costumbre, a casa de su abuela a llevarle unas viandas.
Pero esta vez Caperucita, que estaba harta de obedecer, le dijo a su madre:
-
Si quieres saber si la abuela está bien no me mandes a mí a verla. Ve tú misma a llevarle la cesta de Navidad. Además, esta cesta pesa mucho y yo no puedo con ella…Y si el bosque está lleno de lobos ¿por qué me mandas sola a la calle?- dijo Caperucita en tono chantajista.
Así que la madre soltó el suspiro del día, cogió la cesta, las gafas de sol, el bolso, el abrigo, el correo, los recibos sin pagar, la lista de la compra para pasar-a la vuelta- por el súper, el teléfono móvil -para llamar a una amiga a la que hace tiempo no ve- y las llaves de la furgo.
Se fue por el camino de la playa -que el del bosque ya lo tenía muy visto- y así, de paso, le daba un poco el sol.


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(ESCENA 2: CASA DE LA ABUELA)

Cuando llegó a la casa de la abuelita se encontró, como es costumbre en este cuento, la puerta abierta. La madre no se sorprendió. Su madre -es decir, la abuelita- siempre fue despistadilla y, por tener las llaves perdidas por ahí, decidió un día no cerrar nunca más la puerta.
Pero cuando entró dentro la abuelita no estaba sentada en su sillón como todas las abuelas (al menos como todas las abuelas de los cuentos tradicionales): Simplemente no estaba.
A la madre de Caperucita empezó a estallarle el corazón. No pasó de un tic-tac a la taquicardia y luego a estallar. Estalló de golpe. Se desvaneció y cayó al suelo.

(ESCENA 3: CAPERUCITA SOLA EN SU CASA)

Mientras tanto…
… Caperucita en su casa estaba feliz de encontrarse sola y libre. Empezó a hacerse trenzas en el pelo mientras fantaseaba con cómo le quedarían unas rastas. Puso todos los canales de adultos. Hurgó en todos los cajones de su madre y encontró cosas que ni siquiera sabía que existían. Se puso la música a los decibelios que le dio la gana. Se acordó de lo que su madre le decía de los decibelios y de su potencial sordera cuando fuese mayor…y no le importó en absoluto. Pensó: “
Mi abuela está sorda como una tapia y cuando ella era joven no existían los decibelios ni los mp3”. Se puso tacones, se los quitó; se bebió un chupito de un licor asqueroso; le tiró un par de huevos a un vecino que pasaba por debajo de su ventana; llamó a un número desconocido y le dijo “gilipollas”, y se puso a jugar… Luego se aburrió bastante… Lo suficiente como para ponerse a leer, pero no tanto como para prenderle fuego a la casa.

(ESCENA 4: EL LOBO VA A CASA DE LA ABUELITA)

El lobo, cansado en el bosque de tanto esperar a la niña con la que todas las tardes pasaba un ratito muy agradable, se fue dando un paseo a casa de la abuela. Allí se tomaría un cafelito con ella y charlarían como siempre.
Cuando llegó vio la puerta abierta, como es costumbre en este cuento. Lo que no era costumbre era ver una furgoneta aparcada delante de la casa.
El lobo, timorato como era, se acercó cauteloso. Miró por la ventana antes de entrar y vió a una señora tendida en el suelo en una posición inexplicable para un forense.
¿Qué le habrá pasado a esa buena señora? -pensó- ¿Y dónde se ha metido hoy Doña Paquita?

(ESCENA 5: LA PLAYA Y DOÑA PAQUITA)

La luz del sol brillaba como nunca y la brisa marina olía a peces y a sirena. Doña Paquita se quitó la ropa. Se quitó literalmente toda la ropa y se dejó calentar por el sol.
De haber estado verdaderamente sorda no habría oído los críticos comentarios de la gente ante su desnudez. Ella pensó para sí “T
odos estamos desnudos ante los ojos de Dios” (aunque ya no creía en el dios que le enseñaron, sino en otro)- y se rió para sí misma.
Luego se congratuló por el día que, hacía ya algunos años, había decidido hacer oídos sordos a las cosas que no le gustaba oír. La gente, como siempre, hace conjeturas sin preguntar. Creyeron que se había quedado sorda. Y ella, feliz, no desmintió el error.
Desde entonces la abuela hacía todos los días lo que le daba la gana: Se iba a nadar en pelotas a la playa, salía a las tantas de la noche a conocer garitos y gente, se tomaba un cafelito y charlaba con un lobo que estaba muy mal visto, pero que a ella y a su nieta les caía muy bien…Y hacía todo lo que se le iba ocurriendo cada día de vida que los años le regalaban.
Mientras salía del agua se sintió bien. Se sintió como nunca, radiante, especial, poderosa y vieja. Muy vieja y muy sabia. Entonces sintió un amor muy grande y decidió ir a casa de su hija.

(ESCENA 6: LA REANIMACIÓN DE LA MADRE)

… El lobo no sabía hacer el boca a boca. Pero pensó que aquella señora tan guapa necesitaba ayuda y se puso a lamerle los labios, que era lo único que él sabía hacer para cuidar a los demás.
La madre, sumida en un sueño profundo, empezó a sentirse MUUUUY BIEN en su sueño. Estaba tan bien que no quería despertarse. No le gustaba su vida de vigilia y en su sueño se había quitado los tacones, había vendido su casa, se había pedido una excedencia y se había ido con su hija y la furgoneta a ver mundo... y precisamente en su sueño, al bajar de la furgoneta, llega un lobo hippie y le da un morreo de esos que quitan el sueño… Por eso se despertó.
El lobo al verla despierta dejó de lamerle los labios. Los dos se miraron a los ojos, mantuvieron la mirada y se gustaron. A ella no le importó que fuera un lobo del que hablaban mal. A él no le importó que fuera una mujer, ni que se le hubiera corrido el rímel, ni que ese día no se hubiera depilado. A ninguno le importó esas gilipolleces. Y no les importó porque al mirarse de verdad a los ojos se vieron de verdad… y se enrollaron.

(ESCENA FINAL)

… En este punto está a punto de terminarse el cuento y Caperucita estaba a punto de terminarse el cuento. Pero en lugar de hacer un esfuerzo por “terminar todas las cosas que se empiezan”… bostezó y se dijo: “
¡ya está bien por hoy, me voy a dar un voltio!”.
Se puso los tenis y no se peinó. No se metió los faldones de la camiseta y no se acordó de cerrar la puerta con llave. Todo se hereda, hasta la capacidad para despistarse de vez en cuando.
Después de atravesar el bosque, corriendo al ritmo de sus canciones del mp3, llegó a casa de su abuela. Flipó en colores cuando pilló a su madre y al lobo en la cama. Pero se puso muy contenta porque notó el brillo en sus ojos.

(LA ABUELA VUELVE A SU CASA…)

De camino a casa de su hija, la abuelita recordó que se había dejado encendido el gas y temió que estallara. No le importaba quedarse sin casa, pero no quería que le pasara nada a un billete de avión que había comprado para La India.
Al llegar y ver la escena se le dibujó una sonrisa.
A la madre le entró miedo de que su madre la juzgase y se echó a llorar. Y Caperucita y el lobo se asustaron. No podían imaginar que una mujer pudiera llorar de esa manera después de hacer el amor. Y Doña Paquita abrazó a su hija.
¡Relájate! -le dijo- Pensaba que estarías en tu casa”.
Yo también. -dijo ella- Mamá, te quiero. Siento no haber venido antes a verte, pero necesitaba estar lejos de ti, de tu aprobación y tu juicio.
Yo también lo siento y te comprendo. Yo me quedé sorda de mentira para no tener que escuchar los juicios de los demás, y entonces, a veces, tampoco te escuché".

En ese momento el leñador, que había dejado de cortar tantos árboles, para evitar la desertización de la zona, mirando por la ventana pensó: -
A ver cuando deja esta gente de preocuparse tanto por todo y empieza a ocuparse de ser feliz.-
Se dieron todos un largo abrazo y se fueron a vivir sus vidas como a cada uno le dio la gana.


Marina Rodríguez
Profesora de educación física y habitante del planeta