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La banca ética - por Francisco Cortés García


La crisis que estamos viviendo en la actualidad ha agudizado la sensación entre la gente de que hablar de banca y de ética es una contradicción insuperable. La actual situación de reestructuración de nuestro sector bancario, que ha pasado de ser uno de los más solventes del mundo a tener serios problemas de viabilidad, también ha contribuido a generar desconfianza. Es difícil para los ciudadanos asociar las finanzas a la ética o a la solidaridad, por lo que la reacción hacia este fenómeno, en general, es de cautela y desconfianza.

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La banca ética tiene como objetivo, en muchos casos, la atenuación de los efectos de la exclusión financiera, que en España está reapareciendo por distintas vías. La exclusión financiera se debe fundamentalmente a un nivel de bancarización muy bajo (no es el caso español), por lo que muchos ciudadanos no tienen acceso a los productos y servicios de las entidades bancarias convencionales. Pero, también, la exclusión financiera se debe a las dificultades de acceso al crédito (microcréditos) por parte de la población más vulnerable, teniendo que recurrir los prestatarios a la usura o a los llamados prestamistas sin estatus. Por último, y sin ánimo de ser exhaustivos, la exclusión financiera puede deberse a las dificultades de acceso a la moneda, por los que han surgido numerosas iniciativas relacionadas con las monedas sociales, o monedas complementarias, con sistemas monetarios basados en el trueque, o con los propios bancos del tiempo.

La banca ética debe tener la aspiración de ser rentable. Las entidades financieras englobadas en el grupo de bancos éticos no son entidades sin ánimo de lucro. Es más, sin la rentabilidad y la eficiencia no se puede hablar de la sostenibilidad en el tiempo de dichas entidades. No es por tanto el parámetro ánimo de lucro el que diferencia a la banca ética de la banca convencional. Lo que las diferencia fundamentalmente es el haber hecho transversal la inversión socialmente responsable (ISR), y acoplarla con todas las consecuencias, en el caso de la banca ética, a su modelo de gestión.

Con todo lo dicho, se entiende por banca ética toda institución bancaria, que, por un lado, permita el acceso al crédito a aquellos colectivos que no pueden acudir a la financiación bancaria tradicional por no disponer de garantías patrimoniales, avales, o, simplemente, historial crediticio; y que, por el otro, permita a los depositantes y ahorradores invertir sus recursos financieros atendiendo a valores y principios éticos. Valores y principios éticos que, generalmente, suelen estar relacionados, entre otros, con valores como el respeto al medio ambiente, la garantía de los derechos humanos, la preservación de unas condiciones laborales mínimas, etcétera. La banca ética representa la máxima representación institucional de la ISR.

Por lo tanto, la posible eticidad de la institución puede venir determinada bien por el tipo de actividad que se financia, o bien en función de tipo de persona que recibe la financiación, como puede ser aquellas personas excluidas financieramente. Un ejemplo del primer caso puede ser Triodos Bank o la Banca Popolare Etica; y un ejemplo del segundo caso puede ser el Grameen Bank o l’ ADIE.

Un banco ético, al igual que cualquier otra entidad bancaria, es un intermediario financiero que canaliza el ahorro desde los agentes económicos con tesorería excedentaria, fundamentalmente las familias, hacia los agentes que necesitan financiación, fundamentalmente las empresas, pero basándose principalmente en criterios de transparencia y participación, y añadiendo criterios sociales y medioambientales a los estrictamente financieros. Por lo tanto, la financiación que proporciona un banco ético debe generar un impacto social positivo.

Un banco ético debe promover la transparencia, la participación y, obviamente, la eficiencia. La sostenibilidad es fundamental para la banca ética. En este sentido, se puede decir que es legítima para un banco ético la obtención de beneficios, pero siempre que se respeten criterios éticos y su actividad tenga un impacto social positivo. Si no ocurriera esto último, estaríamos hablando de un banco convencional y no de un banco ético. Por lo tanto, un requisito de las operaciones a financiar por la banca ética es que estén asociadas a proyectos viables, no solamente desde el punto de vista financiero, sino también desde el punto de vista social y medioambiental.

La banca ética puede estar promovida por instituciones y personas de muy diversa procedencia. Existen bancos éticos promovidos por organizaciones no gubernamentales (ONG), por cooperativas, por redes de economía social (Charity Bank), por fundaciones, por instituciones microfinancieras, por grupos financieros, por entidades financieras convencionales adaptadas (Cooperative Bank), por grupos de personas (la Nef), etcétera.

La banca ética supone la integración más avanzada de la responsabilidad social en el negocio bancario, y su filosofía en enmarca en la concepción de las finanzas como un instrumento para el desarrollo humano y la solidaridad. Precisamente, la banca ética debe combinar salomónicamente estos principios con los de eficiencia y solvencia, necesarios para competir con el sistema bancario convencional. Pero en la gestión de la banca ética destacan los principios de solidaridad, transparencia, participación y sostenibilidad.

En términos generales, se puede decir que en la banca ética es importante que los resultados de la inversión vayan al sector de origen, que se fomente el desarrollo endógeno y que la economía financiera se equilibre con la economía productiva a través de redes sociales sólidas. Es necesaria, por tanto una red social de base y una organización bancaria con principios y valores éticos.


Francisco Cortés García
Doctor en Economía