Tant'amare

Revista de terapias naturales, desarrollo personal, ecología...

Astrología médica - por Pedro Cano


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Dicen los antiguos Filósofos que los tres pilares sobre los que sostiene todo el conocimiento Hermético (de Hermes, el Armenio) son: La Alquimia, la Astrología y la Kábala.
No procede en este artículo hablar de Alquimia, así como tampoco tengo autoridad para hablar de la Kábala. Vamos por tanto a hablar de lo que si corresponde: La Astrología Médica.
Entendemos por astrología médica o cosmodiagnosis, el uso de la astrología como herramienta para investigar los posibles desencadenantes de una enfermedad, su pronóstico y el seguimiento de su tratamiento.
A pesar del descrédito que la ciencia racionalista ha generado hacia la astrología, generalmente fundamentado en prejuicios que poco tienen que ver con una aplicación seria del método científico y de la mala utilización que de esta ciencia han hecho charlatanes y adivinos, la historia nos demuestra que esta disciplina, tanto desde su aspecto médico como desde su aspecto predictivo ha sido estudiada desde hace miles de años por las antiguas culturas madre de los que hoy conocemos como Tradición Perenne: caldeos en el creciente fértil, Khemet (Egipto), Alejandría en el Mediterráneo, los chinos desde la geomancia, el feng sui, y la medicina taoista, la tradición Sankya, inspiración de las escuelas pitagóricas y creadora del ayurveda y del yotish o astrología hindú, los Hakim musulmanes, los médicos y cabalistas hebreos, los grandes filósofos y alquimistas cristianos y me supongo aunque no tenga datos para ello, en mesoamérica de la mano de los sabios astrónomos que crearon los calendarios mayas que tanto juego han dado en los últimos tiempos.
Hasta el siglo XVIII, momento en que se provoca un cambio de paradigma a nivel científico, religioso y filosófico, se veía normal que un médico estudiase astrología como parte de su formación y no era raro encontrar universidades en que la astrología fuese asignatura obligada.
El cambio de paradigma generó también un cambio de calificación respecto a lo que hasta ese momento se consideraba “científico”, lo que provoco que se eliminase ciencias hasta ese momento altamente consideradas como la alquimia o la astrología.
Sin embargo, el interés por el estudio de las antiguas ciencias no ha menguado y se ha mantenido de la mano de grupos iniciáticos más o menos esotéricos y a lo largo del siglo XX han aparecido numerosos autores que han mantenido encendida la llama del conocimiento astrológico y Hermético.
Esta ciencia en su rama diagnóstica se fundamenta en un viejo axioma atribuido a Hermes el Trismegistos:

Lo que está más abajo es como lo que está arriba y lo que está arriba es como lo que está abajo. Actúan para cumplir los prodigios del Uno.


O con palabras de Paracelso en su Paragranum:

No existe un solo poder invisible en el cielo que no encuentre su principio equivalente en el íntimo cielo del hombre; lo que está arriba actúa sobre lo que esta debajo, y esto reacciona primero.


De la antigua división del cielo zodiacal en doce partes iguales, consensuada desde las culturas mesopotámicas y de la observación del movimiento de las dos luminarias (sol y luna) y los cinco planetas visibles sin uso de sofisticadas tecnologías, se crea un paralelismo anatómico dividiendo al ser humano en doce zonas anatómicas reflejo de las celestes y gobernadas por lo que conocemos como los siete planetas personales: Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.
Estas fuerzas planetarias, a su vez manifestación armónica de las cualidades arquetípicas del Uno, en su manifestación en el organismo humano devienen en funciones fisiológicas, glandulares, psíquicas… y su influencia sobre los cuatro elementos repartidos en lo que conocemos como triplicidades configura lo que en la medicina humoral se conoce como temperamentos hipocráticos.
Leí en alguna parte una analogía que he hecho mía que sostiene que el ser humano naciente no adquiere sus características por la configuración del cielo en el momento de su nacimiento sino que el cielo se muestra de una forma determinada en el momento del nacimiento de ese ser para mostrar como ha sido diseñado. En ese mapa de navegación personal, está escrito todo lo que la persona encarnante necesita saber para aprovechar de forma adecuada las dificultades y las facultades que le han sido proporcionadas para su aprendizaje vital en este ciclo.
De la misma forma que un astrólogo competente podrá establecer cuales son las cualidades y las dificultades con que el individuo objeto de estudio cuenta y le podrá aconsejar respecto a las áreas de su vida o a aspectos de su carácter, su vocación, su vida social y familiar habrá de reforzar o cuidar para llevar una vida plena, las reglas de interpretación de la astrología aplicadas a la práctica de la medicina se transforman en una extraordinaria herramienta en el campo de la medicina preventiva y en el diagnóstico de enfermedades.
El mapa natal de la persona nos informa sobre su constitución natal, su tendencia metabólica, su vitalidad, su capacidad inmunológica, el estado de su equilibrio psíquico, la tendencia a somatizar procesos emocionales mal resueltos, dificultades en la eliminación de tóxicos, debilidad o fortaleza constitucional, , etc.…
El estudio de lo que en astrología conocemos como progresiones o direcciones simbólicas permite inferir la edad a la que probablemente puedan aparecer debilidades orgánicas que favorezcan determinadas enfermedades. Es de notar que es cierto que el mapa natal nos muestra los materiales con los que contamos para construir nuestra vida pero que desde ese preciso momento en adelante los planetas siguen su curso creando nuevas figuras geométricas, nuevas realidades energéticas que siguen influyendo sobre nosotros en lo que la astrología estudia como tránsitos. El estudio de cómo el planeta en su movimiento natural interactúa con lo que conocemos como planeta radical, es decir, el que estaba en una situación determinada en el momento de nuestro nacimiento, nos permite no solo afinar respecto al pronóstico sino, especialmente en el caso de los tránsitos de la luna, hacer un seguimiento de la evolución de la enfermedad, ayudándonos a prever posibles agravamientos que aconsejen variaciones en la dosificación del remedio.
Recurriendo otra vez a Paracelso:

O sea, debe juzgar a la medicina según los astros, para comprender a los astros superiores y a los inferiores. Como la medicina no tiene validez si no es del cielo, ésta debe derivar del cielo... Por ejemplo, todo aquello que respecta al cerebro es conducido al cerebro por la Luna, aquello que respecta al bazo fluye hacia este punto con los medios de Saturno, todo lo que respecta al corazón es portado hacia éste con los medios del Sol. De esta manera los riñones son gobernados por Venus, el hígado por Júpiter, la bilis por Marte. (Paragranum)


Quiero hacer notar un detalle importante del texto de Paracelso. Nos dice que el médico debe juzgar la medicina según los astros superiores (es decir, la fuerza planetaria celeste como manifestación del arquetipo correspondiente) y los inferiores, es decir, las funciones orgánicas que por ley de correspondencias se relaciona con la fuerza superior y por lo tanto el arquetipo que representa. A continuación no dice que la Luna, o Saturno o Venus gobiernen nuestro cerebro, nuestro bazo (y huesos), nuestros riñones, sino que canalizan todo aquello que los concierne. Este matiz es sumamente importante porque de ahí podemos inferir que no es el planeta el provocador de nada, sino el canalizador de la fuerza arquetípica correspondiente.
Es habitual que la astrología médica se apoye en la espagiria en cuanto al tratamiento aunque no necesariamente. Tanto la fitoterapia, la homeopatía, la homo toxicología o cualquier otro sistema terapéutico tiene su aplicación en la astrología médica y son numerosos los investigadores que han desarrollado esquemas o tablas asociando zonas anatómicas (signos) y funciones (planetas) con flores de Bach, homeopatía, gemas usadas como joyas curativas (gemoterapia) o como remedios espagíricos o basmas ayurvédicos, sales de Shuessler…
¿Alguien piensa que es casual que tanto los primeros remedios de Bach como las sales de Shüssler sean doce? De la misma forma que resulta curioso ver la similitud entre las primitivas clasificaciones homeopaticas: psora, sicosis y sífilis con las tendencias sintomáticas primarias asociadas a los signos cardinales, fijos y mutables, enormemente parecidos a su vez a los doshas ayurvédicos o a los humores hipocráticos...?
Mismos conceptos, mismas verdades, diferentes formas de contarlas y de nombrarlas. Este es un mapa más, no el mejor ni el único pero si útil y probado. Mil monjes, mil religiones, decía el Budha. Parafraseándolo, podría decir, mil médicos, mil formas de curar…



Pedro Cano
Naturópata y espagírico

Pilates Presente - por Sara Barea Izaguirre


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Todo el mundo ha oído hablar de pilates alguna vez.
Sin embargo, si pides que te lo definan, pocos pueden hacerlo. Alguna vez se oye decir: “son estiramientos ¿no?”
El método pilates mejora las lesiones musculares, articulares y algunos dolores crónicos, por la ejecución controlada de sus ejercicios y la puesta en marcha de la musculatura profunda, tan olvidada.
Además, estiliza la figura en cuanto que trabaja de forma exhaustiva el transverso abdominal (que afina el abdomen) y desarrolla una musculatura alargada y alineada.
Favorece el aprendizaje de higiene postural, la mejora de la circulación sanguínea y se gana en propiocepción (la capacidad de sentir la posición de las diferentes partes de tu cuerpo en el espacio sin la necesidad de observarte en un espejo).
Mi relación con el método pilates empezó hace algunos años.
Cuando me formé como monitora de pilates, ya llevaba otros cuantos meditando y dedicaba gran parte de mi tiempo al crecimiento personal. La espiritualidad ocupaba un lugar importante en mi vida.
Comencé a dar clases de pilates en un centro deportivo en el año 2010.
En un principio, me encontré con un grupo reducido de personas, que llevaban haciendo pilates años atrás.
Mi forma de dirigir las clases, no sólo gustaba, sino que sorprendía, por conceptos nuevos que casi no llegaban a entender.
Me basaba en ejercicios, bien conocidos del método, diseñados por su creador Joseph Hubertus Pilates, pero además, les pedía presencia.
El grupo que dirigía fue en aumento y (como siempre he tenido claro que yo aprendía con ellos más que al revés) les observaba: sus movimientos, los gestos de sus caras al ejecutarlos, la respiración, las partes tensas de sus cuerpos, y sobre todo, la tensión de sus mentes (que no estaban allí, conmigo. Posiblemente mantenían un diálogo interno). No había signos de “no tensión”.
Mi intención con ellos fue, que además de ejecutar una buena técnica en los ejercicios, se mantuviesen en la sala.
Mi intención con ellos fue buscar su presencia. Que integraran en una unidad coherente el cuerpo, los pensamientos y emociones. Que buscaran un silencio interno que observa.
Empezaron a sentir trabajar su cuerpo, de alguna manera conectaron con las sensaciones de los músculos que se quejaban al moverse y conseguían restar tensión en aquellas partes que no debían estar tensas.
Sintieron su respiración larga y fluida, y también y sobre todo, sintieron un silencio interior que surge cuando olvidas tu nombre, tu status social, el compañero que tienes en la esterilla de al lado, competir (incluso contigo mismo).
Un silencio que surge cuando vives el presente.
La atención en la respiración se torna especialmente importante. Nos ayuda a ampliar la conciencia de nuestro cuerpo y nos permite fluir de forma natural y espontánea.
Tratas tu cuerpo con amabilidad y respeto y no persigues las frases mentales del tipo: yo no puedo o yo no sirvo (basándote en “recuerdos” erróneos que se tienen de uno mismo) tan utilizadas por el ego. En definitiva, te sorprendes trabajando con la aceptación. Con la honestidad de reconocer las limitaciones físicas o mentales para realizar un movimiento u otro y poder sonreír. No hay nada que lograr.
Es un disfrute del momento presente. Es un diálogo con tu cuerpo donde la mente escucha en silencio y él se expresa.
Cuando animaba a mis alumnos a escuchar su cuerpo y elegir opciones más acordes a su físico (bien por una patología o por un dolor eventual) eliminando la sensación de comparación con los demás, les veía disfrutar y realizar movimientos con elegancia.
La aceptación, la humildad, la consciencia y la libertad de ser quien cada uno es, también haciendo pilates, hacía que se fueran de las clases con un bienestar que casi no podían explicar.
Las relaciones con los demás miembros del grupo también tiene su importancia.
Se cultiva el respeto, no prestando atención al trabajo que realiza cada uno, dando espacio a cada necesidad, con atención y escucha.
Se fomenta la participación de la colocación del material, donde todos cuidan de todos, para entrar después a un espacio personal en el que disfrutar.
La música basada en mantras (sílabas en sánscrito, que sirven de recurso para proteger a la mente contra los ciclos de pensamiento continuo) se hace inevitable en el
Pilates Presente®. Un apoyo más para mantenerse como un todo que trabaja el cuerpo en plena presencia, con su mente en silencio y con la energía- respiración en
plena armonía.
Y esa es mi propuesta.
Ayudarte a estar completamente presente contigo mismo, como quiera que te encuentres hoy, que no será igual que ayer, ni será igual mañana. Y yo te dirigiré así, con mi presencia, observando tu cuerpo, tu respiración, los gestos de tu cara, la tensión o la no tensión que asoma en tus movimientos.
Y sin apenas darte cuenta, además de mejorar tu higiene postural, la salud de tu columna, la elegancia en tus movimientos y el control de tu cuerpo, llevarás contigo un
estado anímico de calma y bienestar aún después de acabar tu clase de Pilates Presente®.



Sara Barea Izaguirre
Monitora de Pilates

Miedo al fracaso - por José Antonio Sande


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A priori parece que la percepción del fracaso es algo que todo el mundo tiene claro: fracasar no es agradable. Sin embargo, la cuestión no está tanto en si es agradable o no, sino en si es necesario o no. Efectivamente, este cambio de perspectiva plantea una nueva cuestión: ¿para qué es necesario el fracaso? La respuesta, en la Educación Emocional Infantil (E.E.I.), es obvia: para aprender. Ya he comentado el hecho de que el ensayo – error es una estrategia de la Vida cuya finalidad es la evolución. Tal y como está concebida la existencia en nuestro mundo, el ensayo – error es una de las vías de evolución para la vida, ¿cómo es posible, entonces, que haya personas que se nieguen la posibilidad del error a sí mismas o a sus hijos? Quizás por ignorancia o inconsciencia.

La definición usual de fracaso es “no dar una cosa el resultado perseguido con ella”. Ahora bien, una vez que esto ha sucedido y las cosas no han salido como se esperaba... ¿quien fracasa es un fracasado? Esta asociación entre “fracasar” y “ser un fracasado” puede ser muy peligrosa a la hora de utilizarla en la educación de los niños.

En un curso de Educación Emocional Infantil, pregunté al grupo de alumnas y alumnos cuántos vivían el fallo como un fracaso y cuántos lo vivían como una oportunidad de aprendizaje. Tras unos instantes de introspección en el mundo de cada uno, el resultado fue que tres personas vivían el concepto de fallo como un fracaso, otras tres ya lo estaban transformando hacia un concepto más sano y seis contemplaban el fallo como una oportunidad de aprendizaje. Lo más problemático de estar “enganchado” a un patrón emocional de este tipo no es vivirlo con normalidad, es no ser consciente de ello.

El miedo al fracaso en el niño es un sentimiento que tiene, como mínimo, una doble vertiente. Por un lado se dirige hacia el interior, haciendo que el niño rechace el fracaso para evitar sentir que se falla a sí mismo. Por otro lado, hay una vertiente externa, que es la de evitar sentir que falla a otras personas a las que considera, de una u otra manera, importantes: padres, abuelos, maestros, amigos, etc.

El miedo al fracaso se implanta como programa en la mente y en la emocionalidad del niño en un nivel inconsciente. Este programa responde a órdenes, mandatos y frases del estilo:
“equivocarse es de tontos”, “tienes que hacerlo perfecto”, “hay que hacerlo bien a la primera”, “si no lo consigues serás un fracasado”, “siempre te equivocas, no vales para nada” y muchas otras que el entorno del niño expresa, directa o indirectamente, y que pueden acabar afectándole. Otras veces no hacen falta las frases, padres o sistemas que dan ejemplo de lo que es la perfección y lo “correcto” trasladan el mismo mensaje.

Cuando el niño falla en algo, se equivoca, comete un error, no da con la respuesta o el resultado esperado, la actitud del entorno frente a ello puede influir de manera importante en cómo el niño conceptualice y emocionalice su relación con el fracaso. Si el entorno acepta el fallo como natural y como medio a través del cuál se aprende, entonces el niño tendrá más posibilidades de aceptar el fallo en su proceso de aprendizaje, desarrollando un elevado umbral de tolerancia al fracaso, a la frustración y a la decepción. Si, por el contrario, el entorno no acepta el fallo como natural, le pone “peros”, reproches, chantajes, castigos, etc., entonces el niño, probablemente, tampoco aceptará el fallo en su proceso de aprendizaje, desarrollando un bajo umbral de tolerancia al fracaso, a la frustración y a la decepción, así como otros aspectos emocionales reactivos.

El ejemplo de los padres y la filosofía del sistema educativo en el que el niño crece, a menudo, determinan su relación con el fracaso, tanto para bien como para mal. Siendo este una herramienta que puede servir para avanzar en la vida ¿por qué optar por convertirlo en un inconveniente, en un impedimento? Ya Séneca, filósofo nacido en Córdoba el año 4 a.C. pronunció la sentencia: “
Errare humanum est”, errar es de humanos”. Es algo ingénito a la esencia de la naturaleza humana, y querer cambiarlo por la perfección no es posible más allá de la vana ilusión de algunos.

Por ello, la pretensión de que un niño no falle, no solo no es natural, sino que es antinatural. Desde la E.E.I. la propuesta pasa, sencillamente, por enseñar al niño a que no considere el fallo como algo grave ni negativo y a sacar partido de sus tropiezos sin, por ello, considerarse un fracasado. Dicho de manera paradójica: “hay que enseñar al niño a fallar bien”.

Grandes personajes de la historia han dejado interesantes frases sobre el tema del fracaso. A modo de pincelada destaco estas cuatro que me parecen especialmente educativas.

“El fracaso es una gran oportunidad para empezar otra vez con más inteligencia.” (Henry Ford)



“Cada fracaso le enseña al hombre algo que necesitaba aprender.” (Charles Dickens)



“Una experiencia nunca es un fracaso, pues siempre viene a demostrar algo.” (Thomas A. Edison)



“No puedo darte la formula del éxito, pero si la del fracaso: trata de complacer a todos.” (Anónimo)





José Antonio Sande
Terapeuta floral
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